Y dibujé un universo sutil en tu espalda con constelaciones que parecían lunares, con albores que cegaban los ojos de la creación. Hice de tu boca un edén tintado con el rojo incandescente de la rea manzana y me columpié entre tu piel y mi ósculo para besar el calor que emanaba tu existencia. Suavemente deslizaste tu mano por La Pampa de mi espalda, aterrizando donde el placer izó su bandera. Los suspiros salían como las líneas discontinuas de la carretera, la voz entrecortada por la poesía que no conseguía escaparse de entre la carne y el deleite. Tu lengua exhibía una elocuencia superior a cualquier manifestación gongorina cuando me lamía. Todo tú era puente de lo concupiscible con lo intangible de mi alma. Mientras yo, fraccionada a eternidades, solo fui pecadora originaria del Lucifer que esconde el tacto de tu caricia, culpable de no poder ser rubí de tus venas y vivir siempre dentro de tu esencia. Desatabas las tormentas que amparan mis piernas, y seguías la vía láctea que me cubre hasta llegar al agujero negro de mi ombligo. Mientras tanto me dejaba atrapar por tu lascivia, y mis pensamientos dejaban de ser pensamientos para ser sensación de ti...
Era la oscuridad desierto, tu tacto vesania y vendavales nuestros gemidos. Arte nuestra inminente extinción de anhelos húmedos, de figuras excelsas, de trazos indómitos que retrataban nuestros cuerpos.
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